Todo había quedado atrás. Se hacia pequeño, se empezaba a diluir. Flotaba en un aparato tecnológico como si nada hubiera pasado. Servicios simples de segunda clase de Air Canada, en un vuelo de 4 horas hacia Toronto, es decir, no habría ni cacahuates. Con esfuerzo me dieron un segundo vaso de refresco. Tres asientos. A la izquierda un hombre alto, moreno, regio, con camisa vaquera y de ojo verde. A la derecha, una pequeña, de lentes y pelo corto, muy divertida a decir verdad. Me la pasé hablando con ella casi todo el viaje. Sólo se calló para comer. Me dijo que era profesora de filosofía de la UNAM, estaba haciendo una supuesta investigación sobre la cultura griega en Toronto. ¿En Toronto? Parecía cierto, pues coincidía con el prototipo de maestra, filósofa e investigadora. Era una mujer muy simpática e inteligente que hablaba muy bien francés.
La sobrecargo nos apodó durante todo el viaje como Los Velázquez. La investigadora era la señora, yo su hijo, y el compadre de al lado, el señor Velázquez. Ya éramos toda una familia que compartía hasta la bebida. El Sr. Velázquez provenía de Zacatecas, iba a trabajar en una granja junto con un montón de clones de señores Velázquez que venían regados por todo el avión. Algunos más morenos que otros, unos con sombrero, otros con dientes y unos más, como el Sr. Velázquez, sin un diente frontal, o con una apertura tremendamente grande.
No sabía cómo llenar la forma migratoria. El Sr. Velázquez me preguntó, yo le di la mía y le dije que sólo no copiara mi nombre ni mi número de pasaporte. Tampoco mi dirección. Tampoco que traía armas, bombas y un millón de dólares en lo bolsillos.
***
Pasillos extremadamente limpios. Olor a aire condicionado, máquina pulcra y fría. Seca. Mi nueva familia ya se había desintegrado, solamente habíamos durado un vuelo. Cada quien había salido por un pasillo diferente, A, B y C. El mío fue el B. Estaba en Toronto. Ya no había nadie, sólo un montón de desconocidos que compartirían el vuelo otra vez.
Una chica de verde, pelirroja y con pecas. Simplemente con chispas de canela. Eso pensaba, la dibujaba. Se paraba y se marchaba. El niño de adelante gritaba y corría. Un viejo chino enfrente de mí llamaba por celular una y otra vez. Sólo hablaba chino. Tal vez partía a Frankfurt para aprender a volar y estrellarse en alguna torre china. El niño gritaba. La chica, la que me gustaba, se paraba y no sé qué demonios hacía pero después regresaba. Tal vez no era chino. El niño hacía gestos y señas. La chica se volvía a parar. El niño era parte del complot. No lo sé, nunca lo supe. Ya estaba nervioso, lo bueno fue que en esos momentos me tuve que ir. Ya habían llamado a abordar.
Subí a las 10:00, la policía ya me había echado los perros. Pasé sin problemas, incluso creo que le caí bien a los perros. Extrañamente detuvieron al niño. Ja, era broma. Lo único malo del niño fue que me acompañó todo el viaje. Nunca dormí, en cambio vi muchas películas que tampoco comprendí.
***
Ésta vez en verdad no había nadie. Ya eran las 11 de la mañana del lunes, estaba en Frankfurt.
El Micho me había dicho: “En Frankfurt no hay nada que ver, vete de ahí a Berlín”. Y ahora que por fin estaba solo, como siempre, no sabía qué hacer. Podía quedarme, podía irme a Köln, a Praga, a Berlín o Ámsterdam. Era tiempo de tomar una primera decisión.
viernes, 16 de mayo de 2008
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